Esa extraña sensación de libertad

De manera inconsciente los seres humanos damos como un hecho inquebrantable acciones tan elementales como caminar, comer o leer, por ejemplo, sin detenernos a pensar que algo tan simple como esto, en algún lugar de este planeta puede resultar un verdadero lujo.

A comienzos de enero pregunté en la Biblioteca Municipal más cercana a casa los requisitos para sacar el carnet de usuario. “Llenar la planilla, traer una fotografía junto a la copia del documento de identidad”. Fue la respuesta que me dio la amable mujer de la taquilla. Sencillo. Al día siguiente regresé con todos los recaudos. En 5 minutos no solo tuve en mis manos el carnet como miembro de este lugar que siempre me ha parecido tan mágico, sino que también pude llevarme 4 libros –de los tantos títulos- que tenía anotados en mi lista de obras por leer.

¡Qué maravilla! Fue lo que dije al salir de la Biblioteca Municipal en mi primer día como usuaria.

A las dos semanas regresé para devolver ‘el botín’ y pedir 4 libros más. “Ahora mismo no tenemos esos libros que usted quiere, pero déjeme mirar en el sistema para solicitarlos a otras bibliotecas, en lo que lleguen yo le llamo por teléfono”, fue lo que dijo la empleada que me atendió aquella mañana.

Solo atiné a responderle: ¡Qué maravilla!

A los dos días, para maravillarme aún más, la mujer de la biblioteca cumplió su palabra. Me llamó al móvil y yo sentí que había ganado la lotería. Creo que no había terminado de colgar cuando ya tenía puesta la chaqueta para salir a buscar los libros. Una vez con ellos en mis manos estuve tentada a salir del lugar dando saltos de alegría pero me contuve, quizás por ese inmenso miedo que siempre he sentido de hacer el ridículo en público y también porque ya era suficiente ver la cara de desconcierto de la bibliotecaria cada vez que me escuchaba decir ¡Qué maravilla!

Quizás algún día le explique que en el país que tuve que abandonar las bibliotecas municipales son casi tan inexistentes como el acceso a la información. Que los lugares que albergan libros, como en el que ella trabaja, continuamente son saqueados y desmantelados. Que eso de sentarse a leer el periódico con un café es una utopía, porque no hay ni tinta, ni papel, ni libertad de expresión, muchas veces ni siquiera hay café. Que las librerías están a punto de extinguirse como los dinosaurios. Que un libro puede valer el sueldo entero de un mes de trabajo.

Si, en Venezuela pasan estas cosas entre otras tantas aún mas dantescas.

Ahora, en esta extraña sensación de libertad que no deja de sorprenderme y que de a ratos temo perderla, entiendo que la verdadera aniquilación de un pueblo comienza en el pensamiento, en la defensa de las ideas, en la memoria histórica, en el conocimiento.

Por eso los regímenes autoritarios inician su devastador camino con una exacerbada embriaguez de cambio: borrar todo lo que estuvo antes que ellos, modificar leyes, constitución, nombres, símbolos patrios y hasta textos escolares. Los medios de comunicación son el enemigo. Quien piense distinto es un traidor. La cultura es una perdida de tiempo. Las bibliotecas no son necesarias. Se hace imperativo para su sobrevivencia ‘resetear’ la memoria del colectivo, para hacerles creer que ellos (los dictadores) son la esperanza, el futuro y el infinito.

‘Los hijos de la revolución bolivariana’ (una abominación de la especie humana) carecen de verbo, de raciocinio, de ideas. El único idioma que conocen es la violencia y la acción que más practican es la aniquilación. Lo comprobé en carne propia cuando saquearon la casa de mis padres –con nosotros dentro de ella- destruyendo todo cuanto tocaban. El ensañamiento a la biblioteca fue atroz. Esa llama de resentimiento se avivaba con cada libro que encontraban. Moby Dick fue una provocación y Viaje al centro de la tierra el detonante para activar ese discurso rencoroso que escuchan –y repiten- sin cesar. “¿Tu te crees más que nosotros porque tienes estos libros?”, me preguntó uno de los seis asaltantes, mientras apuntaba mi cabeza con su arma de fuego.

Y es que en dictadura un escritor o periodista resulta tan amenazante como una bomba nuclear, porque es capaz de generar una verdadera hecatombe con el poder de la palabra, el verbo incendiario y el manejo del conocimiento.

Una vez Leonardo Padrón, reconocido escritor venezolano, dijo “leer es tan subversivo como hacer el amor en una vía pública”. Nada más cierto. Y en comunismo puede resultar más peligroso llevar libros en la mochila que armas de fuego.

Betty M Hernández.

Betty M. Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde el 2019.

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4 COMENTARIOS

  1. Una vez leí que *la biblioteca está llena de ideas, tal vez sea la más peligrosa y poderosa de las armas* no se de quien es, pero estoy muy de acuerdo! Excelente artículo!

  2. Al mejor estilo de las teorías para gobernar de Nicolás Maquiavelo, destruir todo a su paso, porque «no hay ningún otro medio seguro de poseerlas que la ruina»

  3. Excelente artículo y que tristeza que refleja la triste realidad de Venezuela, dónde el gobierno mientras más ignorante sea el pueblo, mejor ellos lo pueden manipular.

  4. Senti una tristeza tan profunda al leer tu artículo, uno siempre habla con la familia de todo lo demás que ha afectado, sin pensar en las consecuencias de algo tan elemental cómo la lectura…. No puedo esperar para leer tu próximo artículo, me encantan tus puntos y cómo los presentas!

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