Partitocracia versus democracia; o democracia imperfecta versus democracia un poquito menos imperfecta.

El tema de la moción de censura en la Comunidad Autónoma murciana es, sin duda, el tema de la semana. Y no lo es desde mi punto de vista tanto por un tema de transfuguismo como de partitocracia (o partidocracia), término que incluye la férrea disciplina de voto, y algunas figuras más de eso que denominamos democracia (descrito, no sin razón, como el menos malo de los sistemas de organización socio-política de un país).

Pero claro está que en la democracia –a secas- caben desde las muy imperfectas (casi todas) hasta las cercanas a la perfección (casi ninguna). Y cuando una supuesta democracia se acerca a la partitocracia está más cerca de lo primero que de lo segundo.

Los partidos políticos –a los que la Constitución Española de 1978 y su propia ley reguladora les exige una estructura y funcionamiento interno democrático (nota del autor: eso en España no existe en ningún partido, ya lo digo, y lo digo con pleno conocimiento de causa) pueden ser la plataforma para consensuar ideas y proponer cargos electos –que son a la postre los que representan la voluntad popular-; o bien los que directamente decidan y así gobiernen. Estamos pues ante la partitocracia, o gobierno de y por los partidos políticos.

En la partitocracia no hay democracia que valga (aunque las dos palabras compartan las dos últimas sílabas y puedan parecer tener relación alguna). De entrada por lo que se refiere al utópico funcionamiento democrático interno de los partido no hay debate ni discrepancia sana que valga, no hay primarias reales (es todo tan ficticio como una obra teatral), no hay debate interno sano que valga –porque se parte de la base de la negación de la democracia interna para justificar después la externa-, y todo se resume en lo que la cúpula decide, manda y ordena. Y lo siguiente es que en cuanto que ponen a un cargo electo en el sitio que le conviene, lo va llamando y le va diciendo lo que tiene que hacer. Así de simple y preocupantemente simplista –que no es lo mismo-. No existe voluntad autónoma alguna del cargo electo -y por tanto se le despoja de cierta real representatividad-; su voto es obligado coactivamente desde “arriba” –y por tanto se le despoja también de cierta dignidad-; y al final levanta el dedo o lo baja en función de lo que le dicen –y por tanto ya despojado de todo se convierte en un despojo robótico y obediente; porque sino sigue lo que se llama la “disciplina de voto”, que quiere decir que hacen todo eso o lo sancionan económicamente-. Y sí, no se asusten o sorprendan los lectores, eso, eso en la España de hoy –nuestra querida y democrática España- eso está pasando. Y además, nadie lo discute o pone encima de la mesa como un problema prioritario a resolver. ¿Por qué será? Me siguen ¿verdad?

Volvamos a Murcia. Tres diputados de las cámaras autonómicas del partido Ciudadanos -rompiendo la disciplina de voto- le dicen que no a las órdenes “supremas” de la cúpula del partido para llevar adelante una moción de censura. No voy a entrar en la crítica de los motivos reales y personales de cada uno de ellos para actuar así (que seguro que también dan para escribir un libro, como seguramente lo daría el describir qué tipo de llamada recibieron) pero sí que voy a seguir con mi análisis de la partitocracia. La cúpula del partido se escandaliza y les pide que entreguen su acta –acta conseguida gracias al partido, lo que no es menos cierto-. Pero ellos se niegan, porque el acta es “suya y personal”, y nadie les puede cesar o dimitir de sus cargos (eso jurídicamente es cierto). Uf, algo me dice que en este sistema las piezas no encajan debidamente… ¿Cómo puede ser posible que el partido te ponga pero no te pueda quitar? ¿El partido te pone pero luego eres dueño y señor de tu situación, y contra sus órdenes te puedes girar, porque claro eres el directo representante del pueblo? ¿Qué está pasando? Pues esto ocurre porque en España –muy nuestros nosotros como siempre- hemos querido llegar a un punto intermedio entre la democracia y la partitocracia (sin duda queriéndose imponer la partitocracia disimulándolo con lo de los cargos electos), y el experimento  no ha resultado bueno. Murcia es una prueba, y además no la primera.

Si defendemos la partitocracia y la disciplina de voto nos tendríamos que preguntar que para qué hacen falta miles de cargos electos; porque visto así con que vote el “jefe supremo” de cada partido sería suficiente. Aprieta el botón y listo; y de paso nos ahorramos una pasta gansa en pagar a políticos que no hacen el huevo. Sí, se podría alegar que llevan a cabo miles de reuniones y demás, pero lo único cierto es que no hace falta debatir nada –otro teatro- cuando antes de empezar el debate ya está todo decidido por los de arriba. Y sí, dicen que hacen gestión y demás buenas obras; bueno, vale,  dejemos entonces algunos, sólo algunos, pero no tantos por favor, no tantos, que el propio sistema descrito demuestra que no son necesarios; y España no está para dispendios sin sentido. ¿Trescientos cincuenta Diputados en el Congreso? ¿Para qué si con una décima parte se llegaría al mismo resultado? Y lo mismo con el resto…

Hay otra solución a todo este entuerto –que ni Don Quijote pudo jamás imaginar, y no me extraña-. Si seguimos con este sistema, los partidos políticos quizás deberían respetar un poco más a sus cargos electos, y dejando de verlos como títeres a antojo, participar de debates con ellos para llegar a puntos de encuentro en momentos de desacuerdo (sí, lo sé, hoy en día en política española esto es mucho pedir, pero es un buen consejo para que no pase lo que ha pasado en Murcia, y que algunos vayan tomando nota). ¿Quién puede negar que se puedan producir situaciones de desacuerdo por simples motivos políticos? Nadie y, eso requiere de una solución inteligente; más inteligente que llamadas coactivas y escándalos subsiguientes.

Por otro lado quizás deberíamos empezar a considerar a los partidos políticos no como amos y señores de la política (que es lo que ocurre en España), sino sólo como plataformas para agrupar a personas con ideas más o menos comunes, y después a través de listas abiertas generar auténticos representantes de la voluntad popular –no muñecos sonrientes que tiene en la frente escrito el sí a todo lo que se les diga-. Así, ese elegido directamente por la ciudadanía –el cargo electo- está vinculado directamente con la confianza que le es otorgada a través del voto, y es el que tiene que dar la cara ante la ciudadanía –como de hecho es, y sino que se lo pregunten a cualquier Alcalde de una población pequeña-. Todos sabemos, por ejemplo, como en Estados Unidos hasta su propio presidente en ocasiones tiene que trabajarse el voto de los propios para conseguir mayorías suficientes.

Las listas abiertas es sólo una parte de la solución. Hay que complementarlo con toda una reforma integral del sistema electoral general de España. Pero ni el bipartidismo en cuarenta años lo ha planteado, ni los nuevos partidos emergentes se lo plantean –sino todo lo contrario-. ¿Por qué será? Me siguen ¿verdad?

Manu Durán
Jurista con mas de 30 años de experiencia. Colaborador en las tertulias de EsRadio Málaga y Granada.

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