El puente de los recuerdos

´Huele a navidad´. Era lo primero que decía al entrar a casa de mis padres todos los 24 de diciembre. Aquel olor a pollo, horneado, jugoso, sabroso, atómico y tan único que mi madre preparaba con tanto mimo para la cena de ese día, hacía hasta sonreír, de nuevo, las fotografías que estaban en los portarretratos de la sala. Es que, sin ánimos de alardear, aquello era un festín de sabores.

Hoy, tan lejos de aquella tierra verde, el recuerdo sigue intacto en mi memoria. Cierro los ojos para evocarlo mientras escribo estas líneas, como queriendo atrapar en el aire el aroma de un pollo carnoso que se funde entre los líquidos de sus invitados: vino, beicon, aceitunas y patatas; pero automáticamente caigo en cuenta que no estoy en El Caribe, y tampoco es diciembre, ahora mismo estoy en pleno verano andaluz, con uno que otro día a 40 grados a la sombra.

Memoria de los sentidos. Así se llama la capacidad que tenemos los seres humanos de almacenar en nuestra memoria gustos, sabores, sensaciones e imágenes. A mi la verdad es que todo esto me parece magia pura, algo que trasciende el plano terrenal para acompañarnos a donde quiera que estemos. Una especie de botiquín de primeros auxilios, que hay que abrir de vez en cuando para aliviar los dolores del alma. Por eso, yo no asocio los pinos naturales, el fuego de la chimenea o unas finísimas velas aromáticas con el mes de Papá Noel. No. Para mi la navidad siempre olerá al pollo horneado de mi madre.

Lo que me maravilla, aún más, de esta bendita memoria de los sentidos es su flexibilidad. Puede conservar intacto ´lo viejo´ y abrir espacio para ´lo nuevo´. Es como si dijera: ´pasen, pasen, bienvenidos sean los nuevos olores y sabores. Aquí cada quien tendrá su función: el olor a tierra mojada continuará rememorando la niñez en el campo y el sabor de la natilla, por su parte, seguirá activando las tardes de meriendas con los hermanos´.

Y yo que soy de buen comer, caigo en cuenta que los mejores recuerdos los activo comiendo, y los almaceno de la misma forma. Por ejemplo, la primera vez que visité Granada –noviembre 2018- entre sus calles coloridas, balcones de época y souvenirs de La Alhambra, aterricé en una turronería. ¡Dios, ese olor debe ser la mejor descripción de llegar al cielo! Lo que destila el turrón y las almendras garrapiñadas puede ser perfectamente las llaves para entrar al paraíso. Y aunque ese día casi pierdo una muela, con tanta comelona de esos dulces en barra, para mi esta ciudad andaluza es azúcar caliente, caramelo derretido, turrones provocativos en presentaciones duras y blandas. Granada es una fiesta que se forma en las papilas gustativas para no irse nunca.

Es muy posible que un granadino ahora mismo piense que los turrones no representan en nada a Granada, y puede que así sea, pero es mi recuerdo; es el puente que me conecta con la Betty que llegó a esta ciudad buscando un lugar seguro para vivir, con la que hoy escribe estas líneas llena de agradecimiento y nuevas vivencias almacenadas en la memoria de los sentidos.

Es así como el invierno me huele a castañas asadas, el piso en el que vivo sabe a croquetas de jamón en otoño, a queso de leche de vaca hecho en casa durante la primavera y por supuesto a sandía muy jugosa, muy fría y muy roja en el verano.

La vida es un festival de recuerdos disfrazados de sabores, porque como dicen por ahí, al final lo único que queda es lo vivido –y lo comido también-.

Betty Hernández.

Betty Hernández
Betty Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde 2019.

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