¡Y todavía es agosto!

Cuando vivía en El Caribe no entendía por qué los europeos alucinaban tanto con el verano. Claro, ahora que vivo en España comprendo la emoción cuando llega esta época del año. El frio –perdónenme, pero vengo de tierras calientes- por estas latitudes es como un embarazo: dura entre 37 a 42 semanas. Recuero que cuando salí de mi primer invierno y pude vestir camiseta manga corta, sentí un festín en el cuerpo que consagré con un helado de mango en la Gran Vía. ¡Adrenalina a tope!

Ya con mi tercer verano a cuestas y con olas de calor de 42 grados, mucha calima, uno que otro meneo (a Granada le ha dado por temblar últimamente) helados varios en el cuerpo y con las tarifas de electricidad más altas de la historia, la cosa se me ha hecho cuesta arriba y hasta he pensado en voz alta: ¡DIOS MIO, QUE LLEGUE YA EL INVIERNO!

Ya saben, así somos. Bueno mejor dicho, así soy: paso doce meses entre quejas y pesares por las temperaturas, mientras hago el cambio de armario dos veces al año.

Pero ahora, justo en este momento, todavía es agosto y no sé qué más puedo hacer para tener mi propia historia de verano; porque me di cuenta que la emoción desbordada por la temporada de pantaloncillos cortos y sandías muy frías, viene acompañada de cientos de historias que todos tienen para contar.

El verano en Europa se vive a otro ritmo –con calma y con prisa a la vez- y se resume en viajes a la casa de la playa, visitas a los abuelos y maletas que se niegan a volver a la cotidianidad; invitaciones a comidas interminables con muchos tintos de veranos y cuentos de sobremesa, casas llenas de conocidos y extraños también; limonadas con hielo, bronceadores que huelen a coco, arena en el cuerpo, bañadores y toallas de colorinches colgadas en los balcones, días con mas de 24 horas y siestas interminables.

Es el trimestre de preferencia para enamorarse, robar un beso y dedicar una canción de amor y también para estar solo, curar las heridas y poner el cerebro en pausa. Es el mejor momento para leer libros que están en la biblioteca llenos de polvo, estrenar el ayudante de cocina -que aún está en la caja- con un espeso salmorejo, o convertirse en un verdadero experto en helados de frutas, sangría y en todo lo que sea frio.

Estos meses, de temperaturas calientes y cabellos despeinados, son ideales para limpiar la mente, la agenda telefónica del móvil y el cajón de la mesa de noche, rememorar recuerdos de la infancia, hacer preguntas profundas del tipo ¿eres realmente feliz? o ¿estás en la ´zona de confort´? y también para comenzar hacer planes del próximo verano. Definitivamente, el calor hace muy feliz a las personas, aunque sea solo de a ratos.

Porque la felicidad viene en engañosas y encantadoras presentaciones que van desde caminar descalzos, estrenar el vestido de tirantes comprado en rebajas o simplemente sentarse en la calle a coger el fresco con los vecinos.

Betty Hernández.

Betty Hernández
Betty Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde 2019.

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