“Esta chica viaja sin pagar”

Una de las tantas cosas que me gusta de Granada es la amabilidad que ofrece para movilizarnos de un lugar a otro, bien sea andado, en autobús o en metro. Este último medio de transporte siempre me ha parecido el más afable de todos porque, de alguna manera, le da un voto de confianza a la honestidad de quienes hacemos uso de él: en la mayoría de las estaciones accedemos directamente al vagón y es en su interior donde tenemos el deber de pasar por el lector la tarjeta para validar nuestro viaje.

Lamentablemente el libre albedrío a veces nos hace tomar decisiones no tan acertadas y en un ‘tris tras’ nuestra libertad debe ser vigilada como si fuéramos peques en guardería, solo que en este caso por personal de seguridad y no por cariñosas maestras que entonan canciones infantiles.

En una de estas mañanas de invierno -tan fría, tan lluviosa y tan oscura propia de esta época del año- decidí usar el metro para llegar más rápido a mi destino. Me esperaban 15 estaciones así que libro en una mano, paraguas chorreando agua en la otra y mascarilla en su santo lugar, pasé mi tarjeta de viaje por el lector dentro del vagón para adueñarme rápidamente de un pequeño espacio que me permitía estar de pie sin tropezar con nadie.

A pesar de las señalizaciones y los grandes esfuerzos por mantener la distancia física, era casi imposible si quiera estar a un metro de separación de otra persona.  Silencio, eso sí había. Un silencio profundo y ruidoso, que se rompía de una estación a otra cuando se anunciaba la próxima parada a través de las cornetas y hasta que la señora del abrigo azul, si esa que también viajaba de pie a mi lado, señaló con su dedo índice a una chica (de 17 años aproximadamente) al mismo tiempo que le decía a una persona identificada como seguridad del metro “esta chica viaja sin pagar”.

“¿Es cierto lo que dice la señora?” Era la voz del hombre de uniforme oscuro, que le preguntaba a una joven inerte, pálida y sorprendida, mientras que su pie impedía que las puertas del metro cerraran para poder continuar. Un pequeño movimiento con su cabeza reveló un ‘SI’ culposo y sin fuerza. “Acompáñame”. Fue lo último que se escuchó, la chica desapareció, las puertas se cerraron y todo volvió a ¿la normalidad?.

¡Adiós silencio! Y adiós lectura también. Me fue imposible retomar el libro y la concentración en un vagón ruidoso, atestado de opiniones y comentarios en contra de la señora del abrigo azul: “se le ha ido la mano”, “pero si es una pobre chica”, “la niña no le estaba hacienda daño a nadie” “es una vieja chivata”.

La mujer en una actitud estoica, antes de abandonar el vagón y en un tono imposible de no escuchar le hace saber a quienes la critican su opinión: “me da igual lo que piensen de mi. Estoy cansada de ver frente a mis narices cómo personas viajan sin pagar, la mayoría jóvenes por cierto. Yo no tengo por qué pagarle el pasaje a otro y si queremos que el metro siga funcionando debemos pagar todos, sin excepción, lo que corresponde”.

Me quedé pensando por varios días lo que sucedió esa mañana: en la valentía de la señora, en el susto que sintió la chica y sobre todo en la actitud de la gran mayoría de los pasajeros.

El vagón súbitamente se convirtió en un juicio publico contra la persona que defendía no solo sus derechos como ciudadana, sino también el uso adecuado de un sistema de transporte. Creo que si ‘el jurado’, es decir los pasajeros, hubieran dictado un veredicto absolverían a la chica alegando que ‘la pobre es una niña que no sabe aún muy bien lo que hace’ y llevarían a la horca a ‘la vieja chivata’.

¡Mundo al revés!

Y es que pareciera que los valores y buenas costumbres son cosas del pasado. Ahora lo que está de moda es que las víctimas se conviertan en victimarios. Defender tus derechos te convierte automáticamente en esa persona molesta que perturba a las minorías y que los delitos menores como el de esta chica (que tan solo de pensar que es ‘la generación de relevo’ me entra un frío en el cuerpo) deban ser absueltos porque ‘no es para tanto’.

La pregunta entonces es ¿hasta dónde debe llegar un acto que va en contra de la norma para que sea cuestionado o sancionado?

Betty M. Hernández
Betty M. Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde el 2019.

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