Una vida anestesiada

Le ponemos nombres divertidos, hacemos auto diagnósticos y hasta chistes inocentes: ´Ansi´, ´la depre´, ´está cucu´ o ´ni caso le hagas porque está chalado´. Estas posiblemente son las palabras más comunes que podemos escuchar, y decir también, cuando conocemos a una persona con algún trastorno mental.

Nos hacemos de la vista gorda. Todos. Autoridades, Gobierno y simples mortales. Miramos para el otro lado cuando hay que atender un problema de salud mental.

Poca cultura tenemos de ir al psicólogo, pero mucha nos sobra para estigmatizar a los enfermos.

La OMS (Organización Mundial de la Salud) calcula que en España solo un 22,5% de personas ha ido alguna vez al psicólogo y el 60% no se ha planteado nunca ir. Pero ¿por qué ocurre esto? ¿por qué todavía existen tantas etiquetas sobre los padecimientos metales?

Se estima que en España hay 6 psicólogos por cada 100.00 habitantes, cuando por ejemplo en países como Argentina hay 198 psicólogos o Chile 194 profesionales por el mismo número de habitantes. Además de esto, todavía persisten los estigmas de que quien acude a terapia es una persona débil, sin fuerza de voluntad o que le lavarán el cerebro.

Siempre he tenido la impresión que socialmente es mejor visto ir a un tarotista para conocer el futuro, antes que visitar a un psicólogo para ordenar el presente. Lo primero es divertido, lo segundo ´uy, es de gente loca´.

Lo más irónico de todo es que España es el primer país del mundo donde se toman más tranquilizantes. Es decir, no vamos con un especialista para tratar la dolencia, pero si anestesiamos el problema. ¡Qué curioso!

Encabezamos el consumo mundial lícito de ansiolíticos, hipnóticos y sedantes, que en 2020 aumentó 4,5% (efectos de la pandemia) y superó las 91 dosis diarias por cada 1.000 habitantes (cifras sacadas del último informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes). Pero ¿cómo se explica esto?

Los expertos coinciden en apuntar que el consumo de medicamentos psicotrópicos, utilizados fundamentalmente para casos leves de ansiedad, insomnio o trastornos emocionales, deriva de la atención primaria, donde se trata el 90% de estos casos. Es decir, una persona acude a su médico de familia con algunos de estos síntomas y termina recibiendo una prescripción de tranquilizantes sin ser derivado a un especialista.

Se anestesia por ejemplo la ansiedad, pero no se enseña al paciente a cómo manejar el problema.

Pero ¿Y qué puede hacer el médico de familia? ¿A qué especialista de salud mental lo refiere si no hay? Si antes de la pandemia el sistema estaba colapsado y los cinco minutos que disponía para ver a cada paciente no eran suficientes, ahora que lo atiende por una llamada telefónica ¿qué tanto lo puede ayudar?

Si continuamos metiendo la basura debajo de la alfombra, llegará un día en que nos encontraremos con una enorme montaña. Y si queremos entender mejor esta metáfora, basta con ojear las pocas noticias que salen en los medios de comunicación de hechos lamentables cometidos por personas con padecimientos mentales como esquizofrenia, depresión o ansiedad.

Se hace imperativo la dedicación de recursos del Estado para atender las enfermedades mentales. Se debe solucionar, no anestesiarlo.

Ahora que escribo estas líneas, me viene a la mente una de las escenas de la película Joker. El protagonista, interpretado por Joaquín Phoenix, acudía regularmente a terapia psicológica para tratar sus trastornos mentales. Un día, la profesional le informa que la unidad de salud mental cerrará, que ya no lo podrá seguir atendiendo, porque el Estado no continuará invirtiendo fondos en el programa. ¿Vieron la película?

Betty Hernández.

Betty M. Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde el 2019.

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