El infierno en la tierra

Llevo días con el estómago revuelto, y con los pensamientos, y con las emociones también. ¡Pero cómo no estarlo! Si lo que pasa en Afganistán supera con creces cualquier película de terror o serie de ficción en Netflix.

No pretendo hablar sobre geopolítica, mucho menos dar una opinión sobre conflictos bélicos, no estoy capacitada ni para lo uno, ni lo otro. Lo que si quiero es escribir, como ejercicio y recordatorio de vida, sobre cómo la dignidad de un ser humano puede desaparecer de un segundo a otro, sin aviso, rápido, al ritmo voraz de una invasión de bárbaros y evaporarse en el aire, mientras se mezcla con el humo de la pólvora.

Escribo estas líneas y al mismo tiempo miro un vídeo en Twitter. Un tumulto de gente, desesperada y reducida a la nada, clama por entrar al interior del aeropuerto de Kabul. Muchos dicen que tienen papeles, credenciales, permisos, green card, un trozo de folio, algo,  a lo que se aferran para poder abordar un avión y huir así de la invasión que los talibanes han hecho en ese país. Otros, tan solo tienen el deseo de no morir en manos de unos tiranos que obran en nombre de Alá, de ver a sus hijos crecer, de reconocerse como personas, de ser libres.

El giro inesperado de esta escena, de no ficción, ocurre cuando algunas personas de la multitud, entre gritos y llantos desgarradores levantan a sus niños en brazos e imploran que los salven. Los pequeños súbitamente comienzan como a levitar, sobre miles de cabezas y manos desconocidas que se funden entre las temperaturas extremas, burkas y  detonaciones de armas de fuego,  hasta llegar a la muralla custodiada por el ejercito americano. Al otro lado, un soldado con indumentaria de combate –traje de camuflaje, chaleco antibalas, casco y armas de fuego en la cintura- toma en brazos a un bebé y en una misma imagen se funde la agonía de la muerte con la esperanza de vida.

La mayoría de los afganos que quieren escapar saben que no lo lograrán. Que irónicamente el aeropuerto, el único lugar a estas alturas al que con grandes dificultades pueden llegar, cada vez cierra más la puerta de salida. Solo unos pocos alcanzarán huir del inferno en la tierra, el resto se convertirán en estadísticas, en  números de una masacre anunciada, en nombres que aparecerán en informes de  gobiernos y organizaciones internacionales que, una vez más, se equivocaron en las decisiones tomadas, mientras que otros abogarán por un tratado de paz o extenderán sus oraciones para que los talibanes bajen sus armas.

Al parecer la figura del Ser Supremo está sobreutilizada en todo el mundo, especialmente por los tiranos. Usar la palabra de Dios es el salvoconducto no solo para inocular el miedo, propiciar el caos, sembrar el terror y cometer actos abominables, sino también es la excusa perfecta para limpiar este plano de almas pecaminosas, es decir desaparecer a toda persona que piense distinto al régimen de turno. La santas escrituras se convierten, por así decirlo, en la llave de la impunidad.

Afganistán es un problema mundial que necesita algo más que pronunciamientos y repudios de la comunidad internacional, buenos deseos de organizaciones mundiales para que hombres extremadamente violentos y armados -que se rigen por el libro sagrado del islam- puedan reconocer siquiera a la mujer como un ser humano y también menos comparaciones, especialmente de los progresistas, con otras sociedades orientales que ni de cerca se parecen al infierno que viven los afganos en este momento.

Betty Hernández.

Betty Hernández
Betty Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde 2019.

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