Desayuno mediterráneo

Si hay algo que me causa absoluto placer –y hasta me hace sentir como una estrella de Hollywood- es desayunar en una cafetería. El tintineo de los vasos, las bandejas levitando de un lado a otro, los periódicos que esperan pacientemente a ser leídos, el sonido de la maquina del café y las personas que se encuentran, de forma casual o programada, para compartir el rato en una mesa, son algunas de las razones de mi admiración por estos lugares.

Quizás, también la culpa de que sienta tanto ´romanticismo´ sea de Hemingway, o de Sartre o de Sabato. Estos intelectuales, por ejemplo, solían visitar Les Deux Margots, un emblemático café parisino en el Boulevard Saint Germant , para ´buscar la inspiración´. ¿Será que sobre las mesas de caoba y las banquetas rojas de este café nacieron El viejo y el mar, El ser y la nada o El túnel?

No lo sé, pero yo, por si acaso, cojo mi ordenador y salgo en búsqueda de la cafetería perfecta, en la que pueda inspirarme para escribir largo y tendido, y por supuesto desayunar también.

¡Esta tiene buena pinta! Me digo a mi misma, mientras escojo de forma instintiva la mesa del rincón. Tiene mucha luz y una puerta cerca que permanece abierta, algo que se agradece en tiempos de pandemia. Una vez instalada hago lo pertinente: abro el ordenador, pongo el móvil a su lado, le pido al camarero media tostada con tomate y jamón, zumo de naranja y café con leche. ¡Estoy lista! (me vuelvo a decir a mi misma).

En menos de 5 minutos mi orden está en la mesa. ¡Esta gente hace magia! Lo pienso, por la rapidez del servicio, y casi lo verbalizo sino fuera por el primer mordisco que le doy al pan. Hay ruido, caigo en cuenta de esto, y no lo digo por el crujir de mi tostada sino por el choque de los vasos con las tazas y los platos, y también por el estruendo que hace una maquina perforadora, tan grande como mi piso, que trabaja en plena avenida. Las ideas y la fulana inspiración se esfuman delante de mi, o quizás no, quizás nunca llegaron. ¡Hemingway, Sartre y Sabato son unos mentirosos! Lo grito, en silencio, en mi mente, al sentirme víctima de una estafa por escritores famosos que lo único que hicieron fue ensalzar la realidad, para poder convivir en ella.

Cierro el ordenador de golpe y cedo ante la lluvia de ruidos que cae adentro de la cafetería.

  • ´Habla más bajito de ese tema, no quiero problemas´.
  • ´¿De verdad? ¿Y qué tiene malo decir si soy -o no- de un partido político? Es que acaso me tengo que callar en mi propio país´.
  • No es callar, es evitar un problema, mujer. Mira que la gente anda como muy sensible últimamente. Todo le molesta. Que si eres de derecha o de izquierda. Si dices algo te llaman racista. A mi me tienen toda confundida con el lenguaje ese del ´el´, ´la´, ´elles´.
  • ¡Jo! Voy a pedir la cuenta.

Dos mujeres sentadas a mi derecha súbitamente dan por terminado el café. Bajan el tono de voz, miran, algo inquietas, hacia todos lados como si fueran fugitivas que temen ser capturadas, piden la cuenta al mismo tiempo que cogen sus bolsos. ¿El problema? Cayeron en temas políticos y al parecer la auto censura es algo que está de moda. El camarero va a la caja registradora a buscar la factura, lo sigo con la mirada y me doy cuenta que sobre la barra de la cafetería hay un televisor, pantalla gigante, con el noticiario: Afganos intentar escapar del régimen talibán, la variante Delta es mucho más agresiva y afecta a niños, regreso a clases, decenas de personas en Kabul mueren por ataque terrorista de ISIS, tormenta Henri… Yo también quiero salir corriendo, como este par de amigas.

La ficción no es imaginaria, nace de nuestra realidad. Los personajes más oscuros de una novela conviven entre nosotros, no son inventados. El drama merece ser adornado de romanticismo para poder seguir, aquí. Ahora entiendo a Hemingway, Sartre y Sabato. No buscaban inspiración, solo necesitan encontrar una chispa que encendiera el relato: una conversación de amigas, el ruido de una maquina, la historia de tres delincuentes que son puestos en libertad cuando alguien pagó la fianza.

Si, la realidad muchas veces supera con creces la ficción.

Betty Hernádez.

Betty Hernández
Betty Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde 2019.

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