Espejito, espejito.

Uno nunca vuelve a ser el mismo después de entrar al probador de una tienda. Ese pequeño espacio, de apenas tres paredes con espejos y una cortina, es un infra mundo, una maquina demoledora de expectativas, una puerta tridimensional que te regresa a la realidad convertido en otra persona.

Me pasó el fin de semana. Fui al centro comercial en busca de ´unos básicos´, ese término que usan ahora las ´fashionistas´ para referirse a las prendas de ropa necesarias, que nuestras madres nos compraban desde que teníamos tres años de edad.

Entré a una tienda por departamentos y de forma muy ilusa, cogí 4 piezas de ropa e hice la fila para entrar al probador. ¿Qué puede salir mal? Estaba convencida que todo me quedaría bien; tentada estuve de saltarme este paso e ir directamente a caja, pagar y listo. Mis expectativas eran muy altas, pero una vez que entré al cubículo y cerré la cortina todo cambió. Calefacción agobiante, luces de ultratumba, decenas de voces hablando al mismo tiempo, me agobiaron de golpe.

¿Esa soy yo? Me pregunté mientras veía todas las caras de mi cuerpo en una especie de espejo 3D. ¡Naaaa! Esto es un artilugio, el Meta Universo del Zuckerberg, aquí hay realidad aumentada – siempre me ha parecido muy curioso la percepción tan distinta que tenemos de nosotros mismos, hasta el punto de decepcionarnos cuando nos vemos en una fotografía o escuchamos nuestra voz en un audio de WhatsApp-.

Luego de unos segundos, recuerdo a lo que vine, ¡los básicos!, así que me pongo en ello. Al tercer intento fallido, reviso nuevamente las etiquetas para verificar que sí fueran mis tallas, pero algo no terminaba de salir bien, o mejor dicho de entrar en esos pedazos de telas manufacturadas en algún país asiático. Me resisto a creer que soy yo. Que no encajo. Me visto de prisa. Mis ilusiones desaparecen al mismo tiempo que unas gotas de sudor chorrean por mi frente. Me falta el aire.

Salgo del probador a toda prisa, aunque siento que es él quien me echa con un punta pie. ´¿Qué se lleva?´. Me pregunta de pronto una voz. Es el chico que trabaja en la tienda. ´Decepción, y un poco de rabia también´. Es lo que quiero decirle, pero al final solo le respondo ´nada, gracias´ mientras le entrego los benditos básicos como si me estuviera deshaciendo de un cadáver.

Un poco mas tranquila, y fresca también, me doy cuenta que esa sensación de tener las expectativas muy altas con algo y que de un momento a otro desaparezcan, ya la he tenido antes. Sin ir muy lejos, en 2020. Ese año lo comencé siendo una persona y lo terminé convertida en otra –el mismo fenómeno paranormal que ocurre en los probadores de las tiendas-. Muchas cosas no se dieron y hasta se hicieron más pequeñas, pero el mundo no dejó de moverse. A veces no es una cuestión de tallas, sino de entender que los planes, así como la ropa, no se pueden forzar.

Betty Hernández.

Betty M. Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde el 2019.

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