Ahí viene el lobo

Perdí la cuenta del número de olas que llevamos surfeando desde marzo de 2020, también del número de personas que integraron el ´comité de expertos´, el grupo responsable de decidir la desescalada del confinamiento en el territorio español. Cosas mías, se me dan mejor las letras.

Que lo peor ya pasó. Que no nos podemos confiar. Que parecía que sí, pero resulta que no. Cualquier frase puede resumir lo que hemos padecido –y escuchado- en el último año desde que apareció el COVID-19, un virus que lo cambió todo y que se resiste a desaparecer por culpa de… ¿los no vacunados?

Como si se tratara de la nueva temporada de una serie en Netflix, en algunos países de Europa el reciente rebrote del SARS-CoV-2 o Coronavirus lo llaman ´la pandemia de los no vacunados´. Algo que, al parecer, nadie se ha detenido a profundizar sobre la magnitud del daño social que esta definición podría ocasionar entre los ciudadanos. Una especie de pueblo contra pueblo, la persecución de los herejes, la insignia judía, el apartheid del siglo XXI.

Cuando comenzó todo ´esto´ el terror era conocer a un contagiado. Si el vecino desaparecía por dos semanas era un evento muy sospechoso; si alguien tosía a nuestro alrededor lo veíamos como un leproso; si una persona no usaba la mascarilla lo acusábamos de terrorista. Sin embargo esto ha mutado, como el incontrolable virus. Ahora, el responsable de que aparezcan nuevos casos de contagios y que las cifras en los hospitales se disparen en vísperas de la navidad, es el individuo que no se ha sometido a una pauta de vacunación completa. ¡Hereje! ¡A la hoguera! ¡Que lo encierren! Es lo que me parece escuchar en las cientos de discusiones que se están generando entre el bando de ´los vacunados´ y el de ´los no vacunados´.

Ya no se trata de ricos y pobres, o negros y blancos. En esta nueva década la pelea es entre los que se han inmunizado –una verdad contada a medias- y los que no. Vales hasta la vigencia del pasaporte COVID. Tus derechos a la alimentación, educación, trabajo y asistencia médica dependen de un código QR. Es tu salvo conducto para que no te execren del mundo, pero de una manera sutil, así que hay que agradecer que sea de esta forma y no como la que implementó el gobierno de China en su momento, con la colocación de candados en las puertas de las viviendas de las personas contagiadas. Cosas del comunismo.

Ante todo este escenario, me resulta desgarrador ver cómo desde hace más de un año vivimos en un estado de alerta, bajo un miedo colectivo que nos alimentan sistemáticamente los medios de comunicación, los políticos, los médicos, los vecinos en la cola del supermercado y los no expertos de turno. ¡Cuidado, ahí viene el lobo! Peor aún es presenciar el cierre de las empresas, las ofertas de empleo engañosas, la explotación laboral y la mediocridad en la prestación de servicios, bajo la justificación de que estamos en tiempo de pandemia. En esto somos víctimas todos, los vacunados y los que no lo están también. ¡Y mira que la cosa se puede poner peor cuando venga el apagón!

Decepciona escuchar tantos discursos de control, y de engaño, desde que apareció un murciélago infectado en Wuhan; peor aun es saber que nosotros, los ciudadanos, hemos obedecido a ciegas los planes de acción –muchos de ellos sin ningún tipo de coherencia- para no morir, para colaborar con la recuperación de la normalidad, para no ser sancionados por las autoridades.

Nos hablaron de una vacuna para erradicar el COVID-19. En tiempo récord los científicos lograron crear un tratamiento inyectado –reconocimiento especial a la ciencia- que no inmuniza pero protege, muy bien. Con el transcurso del tiempo, se dieron cuenta de que hay que aumentar el número de dosis para que el coronavirus no nos mate, vale, lo hacemos, en una especie de ensayo y error porque no tenemos pruebas concretas de que funcione, ni de los posibles efectos secundarios que pueden causar en el organismo.

Si nos vamos a julio de este año, políticos y médicos aseguraron que se alcanzaría la inmunidad del rebaño con el 70% de la población vacunada. Una afirmación falsa y sin fundamento alguno. Andrew Pollard, director del Centro de Vacunas de Oxford y uno de los líderes de la vacuna de AstraZeneca contra el COVID-19, explicó que era imposible lograr la inmunidad del rebaño debido a la aparición de nuevas variantes que pueden infectar a los ya vacunados. Para el momento que escribo este artículo, en Sudáfrica acaban de hallar la variante Ómicron (B.1.1.529) y las alarmas se encienden en toda Europa. ¡Normal! Los virus mutan, así que mantengamos la calma porque esto no es culpa de los no vacunados.

Lo que me parece curioso es la selectividad empleada para buscar responsables, porque si vamos a señalar a ´los no vacunados´ como los culpables de que el virus se siga propagando ¿Cuándo aparecerán los responsables de que las fronteras no se cerraran a tiempo? ¿Quién responde por haberle mentido a un país con un supuesto comité de expertos que nunca existió? ¿Cuándo China dejará de recibir ganancias económicas, gracias a esta tragedia que exportó al mundo, y pagará por todo el daño causado?

Si esta nueva ola es ´la pandemia de los no vacunados´ ¿podemos referirnos entonces al coronavuris como ´el virus chino´? ¿o llamarlo de esta forma es un acto de discriminación?

Betty Hernández.

Betty Hernández
Betty Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde 2019.

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