Acumuladores digitales

De paseo por Madrid, fascinada por la belleza de esa ciudad retocada por las luces de navidad, me di cuenta que soy una acumuladora digital. Que sufro del Síndrome de Diógenes. Que soy, en definitiva, una loca compulsiva que almacena cualquier tipo de cosas -y personas- en el móvil. Llegar a esta conclusión me tomó solo un fin de semana y estar a 500 kilómetros de distancia de casa.

La sensación fue algo extraña. Fue como una especie de cacheta, golpe en la boca del estómago o en su defecto un tirón de pelo que recibí frente a la Puerta de Alcalá. La cosa sucedió más o menos así: cogí mi teléfono, abrí la aplicación e hice lo que cualquier inquilino de redes sociales tiene que hacer, grabar a ese Madrid efervescente, que se despierta por las noches y baila al ritmo de las pisadas de sus habitantes, turistas y enamorados. De repente un mensaje apareció en mi pantalla: ´No tienes suficiente espacio, almacenamiento lleno, paga si quieres seguir disfrutando´ y automáticamente el dispositivo se bloqueó.

Fingí que nada malo pasaba, miré para un lado y para el otro con total normalidad –esto lo aprendí en las películas de suspenso- guardé ese artefacto maléfico en mi bolso y seguí hablando con las personas que estaban conmigo. ¡Oh, mira qué lindo esto! ¡Vamos a El Retiro! ¿Tienen hambre?. Pero cada cierto tiempo hacía que buscaba algo en la cartera para ver, con disimulo, esa bendita pantalla. El mensaje seguía ahí. Amargándome. Chantajeándome. Burlándose de mi. Con esa nota silenciosa que me gritaba. Era como una especie de secuestrador que me extorsionaba, solo que en este caso me pedía dinero para meter a Madrid, y todo lo que quisiera de ahora en adelante, en mi teléfono móvil.

De vuelta al piso donde me estaba quedando, revisé cada rincón de ese espacio digital que se supone que es gratis e infinito. O al menos eso es lo que nos han hecho creer todo este tiempo. Seis mil fotos. ¡Tengo 6.000 imágenes almacenadas en esa caja negra que me controla la vida! Flores, cielos, amaneceres, atardeceres, libros, eventos, familias, amigos, calles, montañas… Todo eso suma seis mil fotografías que en épocas antiguas, pero no remotas, era imposible almacenar en un piso de 60 metros cuadrados.

¿Y esto cuándo fue? ¿Por qué tomé esta foto? ¡Este libro nunca me lo voy a comprar! Era lo que decía a medida que entraba a ese mundo fotográfico, inhóspito y desconocido, que yo misma construí. Pero la guinda del pastel fue cuando el mismo aviso, ese de almacenamiento lleno, paga o muérete, apareció en la bandeja de mi correo electrónico de Gmail. ¡Esto es una conspiración en mi contra! Fue lo que pensé, para luego entrar a revisar esa galaxia misteriosa de correspondencias electrónicas. ¡Más de veinte mil correos! Misivas desde el año 2006. Comunicaciones que escribí en mis primeros trabajos como periodista. Discusiones digitales. Correos de personas que por alguna razón ya no tienen importancia en mi vida. Compras que hice hace mucho, pero mucho tiempo. Todo seguía ahí. En un baúl intangible, que se desbordaba y reclamaba dinero para seguir funcionando.

¿Por qué nos cuesta tanto liberar espacio, no solo en la bandeja del correo electrónico, sino también en nuestra vida, en general?  ¿Por qué sentimos que perdemos un brazo o una pierna cuando le damos al botón de ´borrar´? ¿Por qué guardamos fotos que sabemos, muy en el fondo, que no servirán para nada o no  volveremos a ver, una vez que entran a esa dimensión intangible pero finita?

Creemos que lo que no se ve, no se toca o no está sobre el escritorio es inofensivo, e inexistente, solo porque no ocupa espacio físico. Pero resulta que no. Que es una malvada estrategia de marketing que nos han vendido en los últimos años. ¡Estamos equivocados!

Todo está ahí. Todo sigue ahí, creciendo, acumulándose como un amasijo de pelos en la garganta de un gato, aunque no se pueda ver; del mismo modo que ocurre con las emociones y esa maldita mentira que nos repetimos mil veces: ´lo que no se dice, no existe´. Hasta que un buen día colapsamos y nos quedamos sin espacio para nuevas experiencias y sentimientos, porque el pasado se hizo tan grande que desbordó el presente y nos inmovilizó.

Betty Hernández.

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Betty Hernández
Betty Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde 2019.

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