«No mires arriba, Las consecuencias patéticas de la equívoca post-verdad»

En la presente nota intentaremos ofrecer una reflexión en torno a un
absurdo garrafal que atraviesa nuestra cotidianidad desde tantos puntos
de vista que es ridículamente tosco siquiera escuchar en nuestro tiempo
algo que tenga que ver con un anclaje empírico con una realidad tácita
que nos interpela completamente. Mediante un breve análisis de la
película dirigida por Adam McKay pretenderemos mostrar los lamentables
alcances que tiene la agenda posmo progre sobre el transcurrir de
nuestra existencia en el mundo.

La obra nos muestra de manera magistral un suceso natural
apocalíptico: un meteorito del tamaño de un monte gigante se
estallará con la tierra en el lapso de seis meses. Los científicos que
descubren las primeras imágenes se desesperan por informar la
situación a las autoridades institucionales correspondientes para poder
tomar las mejores medidas de protección posibles en la democracia más
ponderada e inflada de la faz de la Tierra. Lejos de recibir la
atención que corresponde a dicho hecho desastroso, se encuentran con un
sinfín de inconvenientes: políticos que están pensando exclusivamente
en su imagen de encuestas, medios de comunicación banales que
trivializan completamente el asunto, ataques constantes de hordas de
millares de imberbes con voz en las redes sociales, etc.

No voy a espoilear el film, no se preocupen, lo precedentemente
señalado sucede solo en los primeros minutos de la película. Y ahí
nos vamos a detener. Con ello, tenemos suficiente tela para cortar.
Resulta que si bien se trata de una representación cinematográfica de
un hecho hipotético, la obra «No mires arriba!» nos delata y nos denuda
frente a una terrible realidad: el equivocismo nos va a llevar
directamente a nuestra extinción. Pero, ¿qué es eso de equivocismo?

En la disciplina filosófica denominada «hermenéutica», y, en
particular, en la «hermenéutica analógica» desarrollada por el
filósofo mexicano Mauricio Beuchot, se considera «equívoca» a la
postura filosófica que considera que toda interpretación es válida y
que dicha multiplicidad de perspectivas debe ser considerada con todo
grado de veracidad posible. Terrible absurdo, si consideramos que si
bien es cierto que muchos podemos interpretar de diversa manera ciertos
hechos, existe, más allá de la subjetividad interpretante, un hecho
que es digno de ser pensado tal como es. Pues bien, como hemos
mencionado en previas ocasiones, la post-verdad, fruto del
post-modernismo que sostiene edificios completos de mentiras bajo los
cimientos hipócritas de un falso pluralismo tolerante, nos ha conducido
a un tiempo en el que si bien no se nos viene ningún meteorito encima,
tenemos una pandemia global casi sin precedentes sobre la cual todavía,
incluso en el seno de la misma comunidad científica, se sostiene la
posibilidad de que sea un mero boicot conspiranoide para quitarnos la
libertad de asistir al cine.

Los datos han sido contrastados. La comunidad científica global lo ha
podido constatar, analizar, poner en duda, e incluso teorizar al
respecto. El virus existe, ese es el hecho. Pues, aunque a Ud. le
parezca una locura, desde ciudadanos de a pie, padres de familia,
gobernadores e incluso presidentes de naciones, han tenido la osadía de
intentar convencernos de que todo esto no es más que una mentira. Se
imaginarán mi asombro, puesto que negar la existencia de la pandemia,
tras el deceso de más de 5 (cinco) millones de seres humanos de todo el
mundo, es tan bizarro y grave como negar las víctimas de cualquier
holocausto causado por la malicia de los regímenes totalitarios de
nuestra historia.

No aún siendo suficiente argumento los decesos y su corroboración
mediante las correspondientes actas de defunción, tras el surgimiento
de un medio para paliar, frenar y contener las muertes, al surgir la
vacuna para combatir el hostigamiento virulento del bicho, gran parte de
la humanidad (también, ciudadanos de a pie, gobernantes, etc.) ha
decidido creer, sin siquiera un argumento científico bien justificado,
que dicha inoculación puede ser fatal, dicen algunos delirantes,
inocua, dicen otros, o totalmente peligrosa, según esa gran mayoría de
equivocistas. ¿Se da cuenta, amigo lector, a dónde apunto?

Veámoslo desde un punto de vista aún más ridículo: la misma gente
que sostiene que la Edad Media es una era de oscurantismo y de alergia
por el conocimiento, es la que sostiene que la pandemia es un invento
político, que el virus tal vez no existe y que las vacunas son
innecesarias. Y ud. me dirá «¿qué importa lo que piense ese puñado
de delirantes?». A lo que yo, tristemente, tendré que responder: «no,
no es simplemente un puñado de delirantes, se trata de una gran
mayoría que se comporta en contraposición a lo que la situación
sanitaria global requiere para que dejemos de morir». Y aquí hacemos un
breve paréntesis, para echar un poco de luz ilustrativa sobre nuestro
argumento: imaginemos qué sentía una madre hace más de 30 años
cuando su hijo padecía poliomielitis. Al surgir la vacuna, le pregunto
a Ud. querido lector, ¿cree que esa madre preguntó si dicha vacuna la
fabricaba Pfizer, AtraZeneca o Moderna? ¿Considera Ud. que dicho
descubrimiento fue motivo de controversias y campañas antivacunas,
incluso promovidas por personal de la salud? Pues no. Esa madre fue
corriendo a vacunar a todos sus hijos, y los Estados nacionales la
instalaron en la cartilla de vacunación obligatoria, logrando tras una
campaña iniciada en 1985 que todos los países concordaran en las
estrategias de aplicación de la vacuna masivamente y consiguiendo que,
para el año 1991, el último caso detectado fuera, definitivamente, el
último.

Retornando al eje filosófico del artículo, es preciso señalar que el
reinado del equivocismo es tan nocivo como el imperio del univocismo. Ni
todo lo que se dice es cierto, ni nada de lo que se dice es cierto. Hay
un punto medio, denominado «prudencia» (phrónesis) que nos permite
tener juicio, y ello es tener criterio, para lo cual es indispensable no
caer en la moda negacionista del método científico (el cual logró
acrecentar la esperanza de vida de 28 años a 78 años). Sin duda que en
el transcurrir de los hechos han ocurrido sucesos y han salido al
mercado productos que han dinamitado la economía de muchos sectores y
han elevado de la unos otros pocos, es innegable. Pero entre la
conspiración terraplanista y la imagen satelital, están nuestros ojos,
mirando hacia arriba, aprendiendo los conocimientos debidamente
certificados, contrastados y permanentemente revisados.

Hoy tenemos a nuestro «meteorito» frente a nuestras bruces, lo podemos
ver. Pudimos sentir el dolor de la pérdida de una cantidad lamentable
de familiares que se nos fueron. Podemos apreciar cómo tras las
aplicaciones, no hemos caído en una terapia intensiva. Podemos salir a
tomar una caña tras dichas inoculaciones con la tranquilidad de saber
que el virus puede atacarnos pero no ya tan simplemente matarnos. Los
números están a disposición, y no de una sola institución que
monopolice las estadísticas, sino de una incontable cantidad de seres
humanos que le están dedicando la vida al seguimiento, tratamiento e
intento de solución a este problema que, venga ya, hay que decirlo, ha
cambiado para siempre nuestra forma de transcurrir nuestra cotidianidad
en el mundo. La verdad está ahí, se hace sentir. No es relato, es
sintomática y violenta. El mensaje «miremos arriba» es lo mismo que
siempre hemos sostenido desde nuestro marco teórico de la filosofía, a
saber: «no abandones el pensar, no naturalices una muerte fruto de la
irracionalidad y la injusticia».

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