Estado de alarma en los huesos

Cuando terminó el confinamiento en junio de 2020 descubrí una ruta muy cerca de casa que me llevaba directo al campo: un camino largo, bordeado a un lado, con frondosos campos de maíz y por el otro con un apacible río. Andaba por ese sendero a las 8:00 de la mañana y como a esa hora no estaba ni Dios en la calle, podía quitarme la mascarilla y respirar aire fresco.  Sí, lo sé, estaba cometiendo una ilegalidad porque para esa época había que llevar el nefasto complemento hasta para ir al baño, pero el estar sola y en un lugar al aire libre me permitía sentir la libertad, al menos por unos minutos, dentro de mis fosas nasales.

Ahora, cuando escribo este artículo, casi dos años después de los paseos clandestinos al campo, la realidad es otra. El Consejo de Ministros aprobó una nueva regulación para el uso de la mascarilla,  que permitirá “mostrar nuestros rostros y sonrisas” en exteriores y en casi todos los interiores, salvo algunas excepciones como transporte público, centros de salud o farmacias. ¡Qué alegría! Salir de las restricciones pandémicas, volver a la vida tradicional sin tapabocas y no a esto que llaman ´nueva normalidad´, sacudirnos el miedo, andar libres y plenos de felicidad. Pero resulta que no, que no es así y que  muchas personas sienten temor tan solo de pensar en asomar la nariz al aire libre.

¡Cuidado! ¡No se vuelvan locos! ¡Hay que seguirnos cuidando! ¡Prudencia! ¡Si no te importa al menos piensa en el otro! ¡Mira como está China! Son algunos de los mensajes que flotan por el aire, las redes sociales y grupos familiares. Imposiciones, llamados de advertencia, acusaciones y por supuesto miedo, mucho miedo, porque justo cuando nos despojamos de la mascarilla en España, Shanghai vive su peor brote a causa del COVID-19: 280.000 contagios y curiosamente solo 7 fallecidos.

Si algo queda claro es que cuando el mundo atraviesa una pandemia, ´las cifras oficiales, así como ´los comités de expertos´, no suelen ser del todo confiables.

Es curioso, pero tengo la sensación que cuando estamos a punto de alcanzar la libertad, o al menos la sensación de tenerla,  siempre sale ´algo´ que nos paraliza, nos hace retroceder o en el peor de los casos, hace que nos enfrentemos los unos con los otros: una nueva variante, un brote épico, unos –presuntos- contratos escándalos y millonarios por la venta de mascarillas y guantes a los ayuntamientos, una guerra sangrienta. Me da la impresión que el estado de alarma se quedó clavado en los huesos y que se utilice el miedo como herramienta de control social.  

Por estos días una amiga, que es madre de una niña de 10 años, me dijo  ´esta vida no es normal´, refiriéndose a lo injusto que ha sido para los niños tener que vivir la infancia con una mascarilla de por medio ¡y es cierto!  ¿Qué recuerdos tendrán los pequeños de esta época? ¿Cómo asociarán las emociones con las expresiones faciales? ¿Cómo crecerá un niño, nacido en 2020, que ha visto que todo su entorno le habla con la boca cubierta por un trozo de papel?

Pero más allá del maremágnum en el que hemos estado metidos desde 2020, surfeando olas y sobreviviendo entre geles hidroalhocólicos y guantes, hay un mundo que colapsa y que se rompe cada día en mil pedazos, bajo la mirada complaciente de los gobiernos de turno.

En Ucrania, un niño de 8 años deja sobre la tumba de su madre un zumo y dos latas de comida.  La mujer a causa del estrés que le provocó la guerra apenas comía, enfermó y murió. Su esposo, junto al pequeño, hizo el ataúd donde reposan sus restos, con trozos de un armario en el sótano, a oscuras, mientras los rusos bombardeaban el lugar. ¡La vida no es normal!

Victoria Lugo Mayor, una niña venezolana de 7 años de edad, murió ahogada mientras intentaba cruzar el Río Bravo para entrar a los Estados Unidos junto a su madre. Ambas huían de la dictadura de Nicolás Maduro, pero el futuro de Victoria se desvaneció entre las frías aguas del río.  ¡Nada es normal!

Las pandemias, las guerras y las dictaduras dejan efectos devastadores en las vidas  de las personas que viven este tipo de catástrofes. Deambulan con una sombra permanente, con una herida abierta por donde se mete el miedo, el autocontrol y la sensación de estar en un continuo estado de supervivencia.

Betty Hernández.

Betty Hernández
Betty Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde 2019.

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