Los catetos ilustrados, los atentados urbanísticos y la planta 84 del Empire State Building

Nada me haría más ilusión que quedarme solo en esta reivindicación, ya fuera por singularidad de pensamiento, ya por falta de ganas de complicarse la vida de quienes piensan como yo. El caso es que va siendo hora de que empecemos a manifestarnos los que estamos hasta el mismísimo gorro de quienes, en esta ciudad, creen que sus opiniones, sus gustos, sus puntos de vista particulares e intransferibles, están extraídos directamente de las Tablas de la Ley que el mismísimo Dios Padre trasfirió a Moisés, después de que éste hubiera dado algunas vueltas por el desierto al mando de una buena pandilla de judíos y hubiera hecho un rato de montañismo allí en el Sinaí.

Vivimos en una ciudad en la que cualquier proyecto o idea que se salga de lo común, que vaya más allá de lo tradicional, es considerado un sacrilegio urbanístico, una barbaridad ambiental o un atentado estético por un grupo no muy numeroso de ruidosos y jacarandosos guardianes de la pureza.

Vivimos, efectivamente, en una ciudad en la que trasplantar los árboles de una plaza y trasladar un monolito de sitio se transforma en una guerra civil prendida por ese, insisto, reducido grupo de plomizos paisanos, ávidos de protagonismo mediático, que son capaces de dar una mano por una portada de periódico; en la que el desmantelamiento de un cochambroso y ruinoso amasijo de hierros que otrora fueron un almacén de mineral y al que nadie le hizo ni puñetero caso en años es considerado una afrenta al arte de la boñiga por gentes con ganas de pachanga y de quedarse allí un par de noches sin dormir, tocando la guitarra y simulando botellón, so pretexto de la idoneidad de convertir tal bodrio en un museo o un centro en el que acoger diversas asociaciones del perroflautismo patrio y del resto de amiguetes de algún partido progre.

Vivimos, en definitiva, en una ciudad en la que si una empresa levanta un par de edificios de… ¡quince plantas!… junto a la Estación del Tren, que también lleva décadas sin que nadie le haga el más mínimo caso, salen un grupo de ‘Miquelángelos’ y ‘LeonardosDaVincis’ a decir no sé qué chorradas del impacto visual, bien seguidos y regados por otros expertos en perspectiva cónica del siglo XXI, atormentados por el daño irreparable causado al perfil de una edificio singular, pero de un valor histórico tan incuestionable que los almerienses no hemos sido capaces de reunir a más de cien personas nunca jamás para reivindicar sus años de cerrojazo y lona en la fachada.

Pues mirad, queridos míos: a mí que se hagan ahí dos edificios de quince plantas me parece enriquecedor para la ciudad, entre otras cosas porque se trata de un espacio suficientemente amplio como para no ensombrecer ninguna calle ni el espíritu purista de ningún cipote del carajo de la vela; porque en una ciudad de 200.000 habitantes, dos edificios de quince plantas no suponen nada que dañe a absolutamente nada; porque en todas las ciudades que conozco, los monumentos están rodeados de edificios, en millones de casos más altos que ellos y no ha habido ningún ángel caído de la Capilla Sixtina que se haya tenido que rasgar las vestiduras; y porque la mayoría de los catetos que no duermen por las noches pensando en estos dos edificios, luego pierden el culo por ir como borregos a hacerse fotos en el ‘sky line’ de Shangay, Nueva York (VER IMÁGENES DE NUEVA YORK) o Madrid.

Así que, amigos, lamento comunicaros que los almerienses, sintiéndolo mucho y siempre bajo el estricto cumplimiento de la ley, a pesar de la estética de boina y callao de algunos, tenemos todo el derecho del mundo a que en nuestra ciudad también haya edificios altos, que no rascacielos, que eso es otra cosa, como bien sabéis los que ahora os lamentáis de este abominable atentado urbanístico, pero que en verano llenáis vuestras redes sociales de selfies hechos en la planta 84 del Empire State Building.

Victor Hernández Bru
licenciado en Ciencias de la Información y posee suficiencia investigadora por la Universidad Complutense, doctor en Humanidades (Historia) y máster en Comunicación Social por la Universidad de Almería y máster en Administración y Dirección de Empresas por ESIC. Ha dirigido diversas empresas de comunicación como socio-director, como Presssport Comunicación e Imagen y Estudionet Márketing On Line; trabajado en prensa escrita para Ideal (23 años), es responsable de comunicación de importantes empresas de diferentes sectores, como Grupo Agroponiente, Jarquil, Segusán Seguros y dirige las emisoras esRadioAlmería.com y RadioMarcaAlmería.com. Ha publicado su tesis doctoral, Historia de la Prensa de Almería, y la novela Diario de un Maltratador, además de diversos artículos especialmente enfocados sobre la historia del tiempo presente en España.

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