Por un mundo con menos filtros ¡roguemos al Señor!

¡Se nos ha ido la pinza! Es un hecho. Con tanta tecnología, familias perfectas y cuentas en redes sociales de lifestyle es un absoluto disparate presentarnos en el mundo digital al natural. Mostrar rasgos de humanidad o lo que es lo mismo publicar un vídeo o foto en el que se devele un rostro ojeroso, con una caprichosa espinilla asomándose o unos cabellos enredados es un verdadero acto de desfachatez, que debe empezar con la frase: ‘me disculpan por verme así’.

Por eso, los genios de la tecnología crearon los filtros para las publicaciones en las redes sociales. Una especie de ‘embellecedores’ que en tan solo segundos –y sin pasar por un bisturí- el rostro más demacrado y con las facciones más toscas de este mundo, puede llegar a parecerse al de una famosa celebrity como por ejemplo Kylie Jenner. Genial ¿verdad?.

Atrás quedaron los tontos e inocentones filtros que te ponían orejas y nariz de conejito. ¡Menuda gilipollez! Ahora puedes verte, con tan solo un toque, con unos exuberantes labios, ojazos verdes con perfecto delineado de gato y por supuesto con una piel libre de imperfecciones, es decir sin arrugas, pero ¿qué pasa cuando la cámara del móvil se apaga?

Dismorfia de Snapchat o Instagram. Es un término que están usando psicólogos y cirujanos plásticos, para referirse a las personas que quieren operarse con la pretensión de parecerse a esa imagen que han creado de si mismas a través de los filtros de estas redes sociales.

Filtros concebidos por celebridades y que muy probablemente –en la vida real- sí recurrieron al bisturí unas cuantas veces hasta obtener un mentón definido, unos pómulos rellenos y esos labios estupendamente delineados. ‘Belleza perfecta’ que sus seguidores pueden saborear a través de una efímera ilusión y que se convierte en una terrible obsesión, hasta llegar a la destrucción masiva de la autoestima.

No sé vosotros, pero yo de a ratos me siento un poco estafada con esta vida de adulto que en nada se asemeja a lo que me contaban de ella cuando era niña. Pero si uno antes, como mucho, se quería parecer a la tía rumbera de la familia o Batman o la Mujer Maravilla –más por los súper poderes que tenían que por su aspecto físico-. ¿Cómo demonios llegamos hasta aquí?

Ciertamente existe un abuso en el uso de las redes sociales (que pueden ser tan productivas como destructivas dependiendo del enfoque que le demos) y también unas exigencias sociales de la vida moderna que al parecer deben cumplirse a como de lugar.

La vida se convirtió en una competencia de talentos. Es necesario exhibir unos hijos perfectos, mantener una alimentación digna de un realfooder, tener como ejemplo a seguir a un influencer y regalar teléfonos inteligentes para embrutecer a los niños de la familia.

Lo peor de todo es que para el momento en el que escribo este artículo, me siento atrapada en el peor de todos los filtros. Uno que no se activa dentro de una red social, mucho menos fue creado por una celebridad. Llevo, mejor dicho, llevamos casi un año usando ‘la mascarilla’, para protegernos de un virus que en muchos casos puede resultar mortal. Este ‘nuevo complemento’ ha borrado parte de nuestra identidad como individuos, nos ha privado de dar y recibir una amable sonrisa y nos ha mostrado nuevas formas –para nada amigables- de socializar. Ante este escenario que nos tocó vivir ¿continuaremos ofreciendo disculpas por cómo nos vemos o atiborrando nuestros rostros con esos ‘monstruosos embellecedores’?

Sí, definitivamente se nos ha ido la pinza.

Betty Hernández.

Betty M. Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde el 2019.

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2 COMENTARIOS

  1. En Inglaterra acaban de prohibir los filtros a las influencers cuando hacen publicidad de productos para la cara…lo veo lógico!! Muy buen artículo…y si!…se nos ha ido la pinza!!

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