Política de pactos vs. política de bandos.

Negar un pacto electoral generalista durante la campaña debería ser visto como algo absurdo, porque después, ese diablo que es la aritmética electoral se te come y desdice

Sin duda parte del embrollo político que afecta a nuestro país –y también al Mundo- tiene su raíz en el concepto de ideología –política, para la cuestión que nos ocupa-. Es posible que esta afirmación de entrada sorprenda a los lectores, pero si lo desarrollamos quizás llegaremos a una común conclusión: las ideologías políticas han sido una forma simplista de separar, distanciar y hasta enfrentar a los ciudadanos en bloques, sin haber sido una herramienta realmente útil para resolver los problemas sociales –último fin de la política-.

Una ideología explica –y defiende para quien se apunta y la utiliza como bandera- una parcial visión de la realidad de la sociedad y la política; y por tanto excluye y se pierde otras perspectivas que pueden resultar positivas como solución (y que son las que se atribuyen el resto de tendencias). Por otro lado intenta explicar la realidad –compleja y puñetera siempre ella- desde un paradigma muy simple, mucho (en ocasiones ridículamente simplificador), que separa a los ciudadanos entre rojos y azules –por ejemplo- sin más (como si de un partido de fútbol se tratara y en el que sólo cabe que uno de los dos gane).

Es utilizada por ello para exhortar de forma fácil a las masas al enfrentamiento –manipulación dable-, creando cotarros teóricamente irreconciliables y siempre pregonando –como las religiones a veces- que es la verdadera despreciando de paso al resto (gran invento de la autodenominada izquierda en proclamarse como “progresista”, como si el resto del arco político fuese regresista). Hablando de la auto denominación, es característica de las ideologías eso, autoproclamarse y definir al resto como le parece –normalmente con desprecio, cuando es el resto el que se tiene que autoproclamar, por aplicación del mismo principio de neta coherencia-. Y algo tremendo es la deificación del líder –sobre ese tema prefiero no pronunciarme porque si no me pongo ácido  de verdad-.

Si el lector no me cree puede reflexionar sobre el papel de las ideologías durante el pasado siglo XX –que fue el siglo de las ideologías sin duda, con sus dos guerras mundiales por supuesto-: capitalismo a secas contra comunismo a secas –cuando en ambos bandos se han practicado políticas más propias del otro, y voy a poner el ejemplo del PSOE cuando en su momento y en su programa era anti OTAN y al final no tuvo más remedio que meternos en ella-; capitalismo devorador contra comunismo equilibrador –si nos ponemos a nombrar las desgracias y muertes que a través de esas ideologías se han generado, quedamos en tablas-; progresistas de izquierdas contra conservadores de derechas –nunca he visto una sola definición de esos conceptos que me haya parecido lo suficientemente razonada y ni mucho  menos convincente; porque además siempre me ha sorprendido esa a veces actitud realmente impositiva y hasta violenta que utiliza parte de la autodenominada izquierda anti casta que con dicha actitud demuestra ser lo contrario-; y para acabar, ese invento genial del bipartidismo de que el centro político no existe -para excluirlo como algo válido y cuando ciertamente el común de los mortales es de posiciones moderadas y centradas, y de ahí la alternancia en democracia, siendo los extremos la excepción- y cuando yo, por ejemplo, lo soy; y siéndolo existo yo y el centro –tema y estupidez histórica zanjada-.

Quiero indicar que he dicho que las posiciones moderadas y de centro de la mayoría de la sociedad son las que han permitido la alternancia del bipartidismo en democracia en nuestro país. Eso, claro está, es negado por los rojos y azules, pero es bien fácil demostrarlo: ¿Cómo se puede explicar la alternancia de gobierno entre ellos –rojos y azules- sino a través de entender que una gran parte de la sociedad a veces ha optado por uno y a veces por el otro? No hay forma. Es claro que la gran mayoría centrada –que viene de centro- según el momento histórico o socio-político ha votado a una u otra opción del bipartidismo (véase lo que le ocurrió al tándem Aznar-Zapatero con el atentado del 11M). Si realmente tal como las ideologías pretenden que creamos, no hay más opción que ser de una o la otra, esa alternancia nunca se hubiese producido. Si una mayoría fuese perenne, siempre ganaría, y no es así. Acólitos bastantes, pero centrados y moderados muchos más; que quede claro porque me parece importante.

En definitiva, las ideologías son buenas para quien sin tener ánimo de reflexión alguna le gusta la política precocinada y cómoda –que como la comida procesada es fácil de preparar pero bien tóxica-. Soy de izquierdas y con ello ya está todo explicado. Soy de derechas y lo mismo. Y como somos dos bandos, pues eso a ver quién gana sin posibilidad de encontrarnos en el medio. Y los que están en medio ignorados por inexistentes, y con cara de bobos –es cierto que nunca han sabido hacerlo bien cuando se han organizado, y para muestra lo que está ocurriendo con Cs-.

Es curiosos que esa forma de explicar la realidad político-social de un país le haya servido todavía más –para mi honda preocupación- a plataformas virtuales  que como ellas son simplistas a más no poder –Twitter es un buen ejemplo, sitio en que la gente discute (y berrea maleducadamente más veces de la deseadas) a base de frasecitas cortas que no de amplias y fundamentadas reflexiones-. Así, un invento del siglo XXI le ha servido al XX para mayor desesperanza del que suscribe –y que suspira por un mundo mejor-.

Pero ha surgido algo que ha roto con todo ello –aleluya-: el fraccionamiento del voto  del  ciudadano en más partidos que los del desnudo y tonto bipartidismo –ese que usó la ideología para decirnos que hay que ser de aquí o de allá, sin más-. Como hace poco leí de un buen amigo, los número son los que son y la aritmética es la que es en recuento electoral y adjudicación de escaños; y soñar con mayorías absolutas unipartidistas ya se hace imposible al menos con el sistema electoral actual en nuestro país (y casi todos los de nuestro entorno europeo).

Yo me alegro, honestamente, porque ideologías simplificadoras y bipartidismo uniforme ha sido parte de la lacra política de este país. Diversidad de pensamiento y propuestas alternativas me parece mucho más sano para la mente y el alma de nuestra sociedad.

Aparte de eso, el intento de conseguir mayorías absolutas que te permitan gobernar tiránicamente en democracia  –qué contradicción-  se hace imposible –nueva alegría-. Así que, aunque los partidos se empeñen comúnmente –y eso me sorprende porque indica poco foco imaginativo generalizado- en seguir con las definiciones simplistas de la ideologías, hoy en día se ven obligados a pactar, empezando la época de la política de pactos y acabándose con la política de bandos –las únicas bandas que me hicieron gracia son las de West Side Story-. Aunque a gran parte de la clase política le escuece no tienen más remedio que pactar para salir adelante; ¡y cómo les cuesta! No obstante lo tendrían más fácil para la salud de propios y extraños, si cambiasen de modus operandi, de forma de pensar –y de paso ayudasen a pensar más a la masa social dando ejemplo-.

De entrada negar un pacto electoral generalista durante la campaña debería ser visto como algo absurdo –porque después ese diablo que es la aritmética electoral se te come y desdice-; quizás más que hablarnos de ideologías nos deberían de hablar de proyectos concretos que se especifiquen en su programa electoral –que no tienen porqué atribuirse a una ideología aunque sí a un partido, que es diferente-; los ciudadanos más que dejarse llevar por ideologías huecas deberían votar más sobre los proyectos que contempla un programa electoral y, por supuesto, juzgar una pasada gestión no por las ideas sino por los hechos y resultados efectivamente obtenidos;  los pactos se deberían coser punto a punto –como una buena tela- y no a peso groso, de forma que se exija una negociación en cada tema sin vincularlo a intereses por otros que en nada se relacionan –también así de paso muchos parlamentarios justifican su suelo-; no establecer pactos genéricos de gobierno te permite gobernar y dejar gobernar –porque los bipartitos o tripartitos son un buen ejemplo histórico de desgobierno-; y por supuesto lo mejor: a ver si la clase política deja de verse como bandos (y actuar como bandas tipo West Side), y dejando las disputas grotescas dentro y fuera de  sede parlamentaria nos dan un buen ejemplo y de paso una alegría-. Negociar, pactar, empatizar, convenir, encajar, asociar, colaborar, cooperar, pacificar, reconciliar, mediar, templar, conciliar, concordar o armonizar, son todos términos sinónimos de pacto, de la política de pactos.  

Por cierto que yo pacte con un diferente no me hace igual al otro –que esa reflexión cainita se está utilizando mucho hoy en día en nuestra política-. Que yo pacte con otro pensando en mejorar la sociedad en que vivo es una obligación política que dignifica a cualquiera. Además no queda más remedio…

Manu Durán –Jurista-.

Manu Durán
Jurista con mas de 30 años de experiencia. Colaborador en las tertulias de EsRadio Málaga y Granada.

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