En el umbral de los cuarenta

Llevaba varios años dándole vueltas a la cabeza -y la lata a mi mujer- sobre alcanzar una cifra de vida tan redonda como los cuarenta años. Supongo que toca mirar atrás y hacer balance de lo sufrido y lo vivido.

Y haciendo este ejercicio me he dado cuenta de que una inexplicable tolerancia al riesgo me ha permitido vivir y sufrir situaciones muy diferentes, y todas ellas han configurado mi propia historia.

Si echo la vista atrás mis primeros recuerdos son siempre rodeados de gente, mis padres y hermanos, mi familia, mis amigos, compañeros de trabajo, desconocidos que acabaron siendo conocidos, amigos y enemigos. Decía el poeta que es triste no tener amigos, pero más triste es no tener enemigos porque «quien enemigos no tenga es señal de que no tiene ni talento que haga sombra, ni bienes que se le codicien, ni carácter que impresione, ni valor temido, ni honra que de la que se murmure, ni ninguna cosa buena que se le envidie». Mi gran suerte es que mis enemigos son pocos y cobardes.

Sin embargo puedo presumir de amigos, aquellos que me han acompañado desde la niñez y los que he conocido de adulto, de los que nos hemos dejado partir la cara cuando los efluvios hormonales de la adolescencia te permitían encararte con cualquiera que asomara por encima del hombro, de esos con los que has compartido proyectos y confidencias, amores y desamores, hombros sobre los que no ha hecho falta llorar porque con una mirada bastaba, aquí estamos, no hay problema. Gente con la que gusta celebrar los triunfos, porque esos siempre se celebran, por lo que pueda venir, al igual que los años, por si no vienen más.

Han sido cuarenta años de vida apacible y privilegiada en un entorno de bienestar que nos permite disfrutar de las bondades del primer mundo, siempre que las sepamos valorar. Eso no quita que el camino haya sido duro, he perdido grandes personas cuyas vidas no merecían ni por asomo un trágico final, pero agradezco profundamente el tiempo que me regalaron junto a ellas.

He carecido de talento natural, pero el trabajo duro me ha permitido aprender un oficio con el que ganarme la vida. He alcanzado grandes logros profesionales que ni soñaba cuando comencé a aprender, he pleiteado con grandes abogados y representado a clientes de alto nivel, he negociado con ministros y políticos de distinta ralea, he ganado pleitos de millones de euros y también los he perdido, y he recibido agradecimientos por asuntos tan nimios e insignificantes que aún retumban en mi corazón.

Junto con personas con inquietudes y espíritus tan gigantes que impresiona el hecho de mirarles a los ojos he descendido barrancos, cazado animales, saltado por puentes y aviones, he pilotado a 300 km/h, he luchado y he competido, he recorrido desiertos en bicicleta, y he escalado cumbres donde otros perdieron su vida, hasta compré un caballo de carreras… y gané.

He procurado honrar a aquellos que me enseñaron, trazar el camino más recto dentro de lo posible y entregarme a mi familia. También me he equivocado, le he fallado a gente que me quería y a todos ellos pido perdón, aunque sus corazones son tan gigantes que tengo la certeza de que me han perdonado ya.

Me he enamorado, creyendo que el amor se podía elegir, cuando en realidad te elige él a ti calándote hasta los huesos. La vida me ha regalado a la persona perfecta como un laurel al que siempre quieres ver, y hemos dibujado nuevos proyectos, el más importante me ilumina el Alba y tiene los ojos grandes como ventanas.

Ahora no comienza una nueva etapa, continúa aquella que hemos venido labrando desde el inicio, sin darnos cuenta, tomando decisiones que han escrito un camino concreto, que bien pudo ser otro. El que tengo me reconforta, me motiva y me alienta para seguir otros tantos años más, o no.

Seguramente cambiaré de moto -varias veces-, de ropa, de corte de pelo, de casa o de trabajo, pero en este pequeño resumen de mi vida no hay espacio para cosas materiales, ni una sola de ellas ha entrado en el baúl de mis recuerdos a la hora de recapitular mi vida, buena señal.

Solo espero ser suficientemente inteligente para valorar cada segundo que me quede a vuestro lado, cada mensaje, cada llamada, cada café y cada cerveza, porque más pronto que tarde nos tocará pasar al capítulo definitivo, y en esa vista atrás en la que aparece el marco gigante de nuestra vida, nada me haría más ilusión que encontrarme con cada uno de vosotros.

Antonio Estella Pérez. 39 años.

Antonio Estella
Antonio Estellahttp://www.mlalegal.org
Socio director del despacho de abogados Mlegal. Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada se especializó en derecho de los negocios en las prestigiosas escuelas jurídicas Harvard Law School e Instituto de Empresa, para posteriormente comenzar su carrera profesional en despachos internacionales como Garrigues, Deloitte y MLA. En la actualidad compagina su ejercicio profesional con la colaboración en distintas universidades y escuelas de negocio como profesor

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