Las cosas por su nombre

Durante la época más dura de la pandemia por el COVID-19 todos recurrimos al autoengaño. Ya saben, esa técnica que tenemos los seres humanos para preservar nuestro equilibro emocional y superar la realidad devastadora. Repetimos, como un mantra, una serie de frases y afirmaciones –sin pruebas- para mantenernos a flote: ´Esto nos hará mejores personas´, ´saldremos más fuertes´, ´necesitábamos vivir esto para cambiar el rumbo del mundo´.

Yo también lo dije. No voy a mentir. Pero ahora, cuando las cosas vuelven a ser como antes –o al menos intentan parecerlo- ese bendito autoengaño me ha dado una bofetada, con impulso y rebote, apenas asomé la nariz al mundo real. Sin anestesia, y sin piedad también. Bastó con volver a viajar en avión para darme cuenta de los efectos post pandémicos que todos, sin excepción, hemos sufrido.

Manías, conductas repetitivas, fobias, poco contacto visual –ni hablar del físico-, pensamientos catastróficos, seres abusivos y el ´mientras yo esté bien, me importa muy poco los demás´ fue lo que más vi en los aeropuertos por los que estuve. Hablar del comportamiento de las personas a la hora de embarcar, es mandar al foso todas esas frases de autoengaño. ¿A dónde fueron a parar las promesas que (nos) hicimos durante los días en los que no podíamos ir ni siquiera a por el pan?

Es curioso, sucede, en algunos casos, con pacientes que reciben un diagnóstico médico poco favorable. Ante el abismo de perder la vida, con las rodillas ensangrentadas juran que cambiarán y que si el Ser Supremo los salva, dedicarán el resto de sus días a practicar solo el bien con el prójimo. Acto seguido, cuando los resultados son favorables, la cosa vuelve a ser como antes. Total, ya están salvados y como hay que vivir el presente, como si no hubiera un mañana, ¡al diablo todos y todo!

El autoengaño es necesario. Funciona como una especie de salvavidas al que se le echa mano cuando la marea está muy alta. Hasta aquí bien, pero creo que debería tener un coto, para ahorrarnos los dramas, las decepciones y la perdida de tiempo. No sé. Una especie de voz robótica que nos diga ´usted ha consumido toda la cuota de autoengaño permitida, ahora solo le queda llamar las cosas por su nombre´.

Y luego, una campaña en medios convencionales y redes sociales que diga ´llamar las cosas por su nombre te hará libre´. De esta manera se dosificaría el exceso de romanticismo, al que solemos echar mano con frecuencia, para suavizar la cotidianidad, endulzar lo amargo y aligerar las cargas. ¿Qué si el romanticismo salva vidas? Si, pero también las acaba, por lo que debería tener, en letras muy grandes, la coletilla ´úsese con moderación´.

El romanticismo, por ejemplo, le ha hecho mucho daño al lecho nupcial. Uno piensa que los sonidos que nacerán en la alcoba serán solo los de la consumación del amor. ¡Vaya decepción! Cuando los ronquidos, y otros sonidos, abrazan a los amantes –o en su defecto los separa- llega esa sensación de sentirse víctima de una estafa. ¿Y es que las mujeres no amanecen peinadas, con las mejillas ruborizadas y el deseo siempre en la mirada?. ¡Me han engañado! ¿Dónde está el libro de reclamación?

A mi me sucedió, pero no en el lecho nupcial sino con la aerolínea con la que volé.

En mi época de autoengaño pandémica, llené de romanticismo la aventura de estar nuevamente entre las nubes. Me convencí que las compañías que se dedican a esto, ´ahora sí´ tratarán con especial mimo a los pasajeros. Nos perdieron por mucho tiempo, así que seremos su prioridad. ¡ILUSA! Bastó comprar un boleto aéreo con una empresa de bajo costo, o para que se lea mejor ´low cost´, y volver a sentir el desamparo e irrespeto por parte de sus empleados y tripulación.

Un error tecnológico, en un portal español en el que debíamos ingresar nuestros datos, dejó a la deriva a seis pasajeros, entre los que me incluyo, en el aeropuerto de Lisboa. Ante el desespero, le pedimos a los representantes de la aerolínea nos suministraran el formulario en papel –era su obligación-. Nada. No recibimos NADA. Ni un folio, ni una palabra, ni contacto visual. Creo que el personal, de esta compañía que tiene en su nombre una palabra en inglés que significa ´fácil´, está entrenado para ignorar y humillar a los pasajeros. La situación se puso muy ´difícil´ y tuvo hasta que intervenir la policía.

La solución fue que cada quien ´se buscara su vida´. Es decir, resolviera por sus propios medios. Pude haberme convertido en el personaje que interpretó Tom Hanks en la película La terminal. Vivir en el aeropuerto de la capital de Portugal y muy poco hubiera importado. Total, ya no aplaudimos por las tardes, ni grabamos vídeos llorando en Instagram.

Lo peor ya pasó, pero no se fue, se quedó entre nosotros.

Betty Hernández.

Betty Hernández
Betty Hernández
Periodista, locutora y migrante. Experta en escritura digital, periodismo institucional, radio y redes sociales. Es venezolana, de padre canario y madre portuguesa, vive en Granada desde 2019.

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